viernes, 28 de diciembre de 2012

Neck knife y/o capador inspiración Böker.

   Como comenté alguna vez, parafraseando el sabio dicho: Nada se descarta, todo se recicla. De esta política (y de un disco diamantado de amoladora) surgió mi versión personal de un clásico diseño que Böker utilizó para un cuchillo de cuello y una pequeña navaja de la serie Böker Plus.
   Al darle un aire más rústico y mejorar el grip, se le podría tener en cuenta como capador. Las dimensiones de la hoja son apróximadamente las mismas del Böker Subcom fixed blade salvo su espesor que es de 1,5 mm. Vaina del estilo de la casa. 





sábado, 22 de diciembre de 2012

Scandi XL de lima (VENDIDO)

   Qué tal amigos! He vuelto con mi último trabajito esta vez para ponerlo a disposición de quien quiera comprarlo.

   Se trata de un scandi de lima, acero W1 con empuñadura de quebracho colorado y lapacho, guarda y separador de bronce y arandelas de PVC negro. La vaina es de cuero curtido gastado, típica de El Páramo.
   Medidas:
  • Largo: 27,5 cm
  • Largo de hoja: 14,5 cm
  • Ancho de hoja: 2,4 cm en el recazo.
  • Espesor: 5 mm


  

sábado, 1 de diciembre de 2012

Cicloaventura por el cercano oeste. Parte 2

   Mientras esperábamos que Vikingo terminara con su percance recorrimos el área con el Favo. Pudimos advertir numerosas madrigueras debajo de los balastos ferroviarios que, creímos, eran de comadrejas ya que encontramos una en estado de descomposición a veinte metros y dudamos acerca de si estaban activas o no. No habían huellas ni heces cerca aunque alguna tenía los pastos peinados hacia el interior. Igualmente, nos quedamos cerca de ellas.


Las vías cubiertas de malezas. El tren rodó por aquí por
primera vez allá por 1909.

Último tramo de vía dentro del predio
en dirección al Apeadero Km 55.



   Luego de probar algunas moras (que luego de dos días harían su efecto), nos preguntamos por Vikingo que, suponíamos, ya debía haber reparado su rueda. Para que nos ubique comenzamos a hacer silbidos extraños y gran asombro nos llevamos cuando recibimos como respuesta un alarido espectral que venía del este. Festejábamos con el Favo la capacidad de emular animales de Vikingo al oir varias veces más ese desgarrador grito que parecía venir siempre del mismo punto. 

   Vikingo nos encontró apróximadamente una hora después de habernos separado y otra vez nos asombramos cuando negó rotundamente haber contestado nuestras señales sonoras. Allí especulé con que podíamos no estar solos y que algún paisano del lugar había andado en el predio para observar nuestros movimientos. La cosa quedó ahí ya que inmediatamente escuchamos un auto y voces en las inmediaciones. Luego vimos correr algo parecido a un perro por las alambradas que daban al campo lindero (más tarde me daría cuenta que no era un can sino uno de los habitantes naturales del lugar que se encontraba invadido por nuestra presencia). Las voces pasaron y el auto se marchó. Así que con la tarde encima empezamos a matear, a armar nuestros lechos y a sintonizar con ese microclima que habíamos tenido la suerte de encontrar.


  
   A la media tarde, luego de armados los tarps,  Vikingo salió de expedición en busca de agua.  Y de tanto hacer nada, salvo recolectar algún clavo de vía mientras que Vikingo, que ya había retornado con el agua y con pan, regalo de unos peones de un campo cercano, trenzaba cuerdas con la maleza, comenzamos a notar los matices crepusculares.


   Y llegó la noche. Actividad: Cero. Lamentábamos enormemente no haber traído nada para asar en las brasas y poder así acompañar como se debe el vino que nos quedaba, así que debimos conformarnos con las vituallas que llevamos: sandwiches de milanesa, salamín, picadillo de carne, pan y el abombado fiambre de Favo que, junto con las moras, harían estragos en nuestro organismo a los pocos días.
   Así pasaba nuestra cena a la luz del fogón cuando de repente irrumpió una vez más el alarido que desde la oscuridad del monte llegaba aturdidor a nuestros oídos. En principio se nos vino a la mente mi sospecha de la tarde: alguien nos quiere joder la velada. Vikingo se precipitó inmediatamente en el monte. Favo se agazapó debajo del terraplén, del lado de los refugios en tanto yo, con el Mora que era la única arma que portaba, descendí el terraplén y me posicioné detrás de un árbol al costado de un sendero a la espera de una acción que jamás se dio. Logré ver la luz de una linterna a unos diez metros del lugar sin saber si era la de Vikingo o la de nuestro supuesto visitante. El grito cambiaba repentinamente de lugar pero no se oían ruidos de ramas pisadas o de movimiento del follaje en los tupidos árboles que nos rodeaban. A los diez minutos Vikingo volvió y nos reagrupamos nuevamente en torno al fuego en la creencia de que nuestro acecho venía quizás de la mano de algún ave rapaz cuyo sonido jamás habíamos escuchado en nuestras vidas, pero no de un cristiano.


   Llegó entonces el turno de apoliyar así que nos acomodamos en nuestros refugios y nos embadurnamos de repelente ya que los mosquitos tenían un hambre atroz. Vikingo, que se había anticipado al tema, dormitó cubierto de un tul, lo que le evitó vivir nuestra penuria de tener que ponernos repelente a cada hora.

   La noche no fue tan pacífica como esperábamos. A las pocas horas volvió a resonar el grito de nuestra ave imaginaria, mezcla de cuervo gigante con pava de monte. Esta vez lo escuchamos muy cerca nuestro, sobre el terraplén de las vías que estaba a diez metros y, si bien nos desvelamos, no nos alarmamos como las veces anteriores.  Horas después lo escucharíamos nuevamente a la distancia, por los campos del entorno.
   Pero eso no fue todo. A la madrugada nos despertó una tormenta que trajo algo de lluvia y viento pero que por suerte no nos dio con toda su furia.
   Por la mañana, juntamos nuestros bagayos y luego de un mate de compromiso nos despedimos del lugar para emprender el camino de regreso. Desatamos nuestras bicis y empezamos a pedalear. La lluvia había castigado algunos tramos por lo que la vuelta se puso un poco complicada con el barro.  
   Nos queda un lindo recuerdo de camaradería y la certeza de que algún día quizás volvamos aunque sea para chusmear ese recoveco donde aun descansan los restos de un país que se nos fue junto con esos esqueletos de acero que yacen en la tierra y que alguna vez dieron vida a estos parajes.
      Mientras tanto, festeja nuestro retorno el animalito que habíamos visto correr la tarde anterior y que no pudimos distinguir con exactitud. En la semana, luego de escuchar probables aves raras de la región en la web, un conocido de Vikingo logró dar en la tecla. Estaba más que claro que especímenes urbanoides como nosotros, aunque pisemos lugares agrestes con frecuencia, hubiéramos podido percatarnos de que estábamos invadiendo el palacete natural  de un zorro colorado.



Les dejo un videíto con algunas fotos más de la salida. Gracias por visitarme. Saludos.

 
  

Sharkhead II versión definitiva

   El más contundente de los cuchillos caseros de la colección había quedado en el cajón abandonado. Su historia se contó en  Proyecto Sharkhead, donde comentaba que a partir de una hacheta de elástico forjado hallada en una chatarrería pude lograr esta pieza:



   Pero el grip de este cuchillo nunca me satisfizo así que fue sometido a su última metamorfosis. Reduje la hoja en su empuñadura hasta dejar una espiga, rectifiqué el lomo y la satiné con grano 400 dejando las huellas del forjador. Le coloqué guarda y cabo de bronce y arandelas de suela con dos separadores de PVC negro a la empuñadura, estabilizadas estas últimas con cianoacrilato. Esta es la nueva imagen que adoptó.





   Tiene un aire a esos antiguos cuchillos tácticos que el amigo Daniel Atencio nos muestra en Baco Tácticos. Ahora sí me conformé con este diseño y quizás le haga una funda acorde cuando disponga de nuevos cueros. Como siempre, agradecemos sus comentarios y sus críticas. Saludos.